ERNESTO:
–El drama comenzó cuando la hasta entonces dulce y sonriente conserje, Doña Carmen, le compra el edificio, con inquilinos y todo, a un serbio exiliado, dueño de otros cuarenta edificios desperdigados por Caracas. ¿Y sabe qué? El exyugoslavo este vivía en el sótano del edificito más miserable de Catia. El hombre era tan pichirre que murió de gangrena, meses después de la venta, por negarse a pagar un taxi para que lo viera un médico.
PACIFICA:
–Ajá. ¿Y se puede saber de dónde sacó los reales la conserje, esa tal señora...Carmen?
ERNESTO:
–Unos dicen que de una herencia que le dejó una tía solterona en ultramar, otros cuentan que sacó el dinero del colchón y algunos afirman que se ganó la lotería. Pero nadie sabe a ciencia cierta.
PACIFICA: (ESPONTÁNEA)
–¡Qué suerte tuvo la vieja!
ERNESTO: (MIRÁNDOLA CON LOS OJOS DESORBITADOS)–Ni tanto, Pacífica. Ya verá por qué se lo digo.